La Fiera De Mi Niña

La Fiera de mi niña ha pasado a la historia del cine como una película que se inició como un fracaso y, acabó como una de las mejores comedias de todo Hollywood. No tiene guión y, si lo tiene, se puede decir más bien que es una sinfonía de notas pintorescas que, una verdadera trama.

Los personajes no tienen un esquema moral. Ni una identidad definida y, el ritmo de la película es, el puro ir y venir, el puro ajetreo voluptuoso que su director confirió a la película. Dijo que “iba diez veces más rápido que sus otras obras” y, eso se nota.

La aventura se inicia con Susan y David que son sobrina y paleontólogo de un museo que quiere conseguir un millón de dólares de la tía de Susan. Si David es el hombre calmado, sereno y sobrio, con una reputación que le hace optar a un millón de dólares y cuya máxima preocupación en la vida es poner al brontosaurio una clavícula intercostal que le falta y, casarse; Susan es todo lo contrario.

Susan es, naturalmente, la sobrina de su tía. Y, el objeto de tortura de David. Y, además, es una encantadora millonaria algo dispersa. Por decirlo de alguna manera. Podríamos decir que, que es alguien al que se le rompe el vestido en una cena.

Susan es una mujer con un leopardo.

Que los caminos de David y de Susan se han cruzado es algo evidente. Lo que ninguno espera es que el nexo de unión, de complicación y de simplificación es, un leopardo.

Un leopardo que responde a la llamada del amor. Todo te lo puedo dar menos el amor, baby. Todo, baby, todo te lo puedo dar menos el amor baby.

Y es que la música calma a las fieras pero, ¿cuánto?…


En el Brasil, de donde sacó el hermano de Susan a Baby, es más fácil para una fiera satisfacer sus instintos. En Connecticut, cambia un poco.

Si David, a pesar de tener que casarse con Susan, ha accedido a acudir con ella en ayuda con el leopardo y, a obtener su millón de dólares, las intenciones de Susan son algo más… bueno, algo más diferentes.

Encerrar a David hasta que se enamore de ella.

Cueste lo que cueste.

Y, a veces, un millon de dólares es suficiente aliciente.

Para que la tía de Susan no descubra que David, ese hombre vestido de idiota que se pasea por su casa y que no sabe dónde está, y no le quite su millón de dólares. Susan dice que es amigo de su hermano Mark, el del Brasil, y que ha sufrido una pérdida de memoria temporal y tiene unas extrañas pulsiones con la naturaleza.

El señor David Huxley pasa a ser el señor Hueso. Un calificativo que si bien es disparatado, para alguien que acude en apoyo moral a rescatar a una mujer con una leopardo y se dirige a todas partes con una clavícula intercostal, le va como anillo al dedo.

Aunque Susan le haya robado su ropa y, el perro de su tía le haya robado la clavícula intercostal y enterrado en alguna de las hectáreas de la finca Random. Y, claro, tengan que encontrarla.

Y, cazar a un leopardo que estaba escondido para que Mrs Random, la tía de Susan no lo viera, y para no causar una catarsis. Cazarlo porque se ha escapado.

Susan en la caza del leopardo, caza a David. Y, al mismo tiempo, Horacio y Mrs Random, tía y abogado, tratan de cazar al leopardo sin saber que, ése leopardo, era el que Mark, el bueno de Mark, había cazado para la tía de Susan. Ése leopardo que David quiere dar al zoo.

Lo que ocurre es que la probabilidad de que apareciese otro leopardo, ésta vez agresivo, en la historia era tan ínfima que, aparece.

Y la banda del leopardo acaba entre rejas por alborotadores. Aunque, haya dos leopardos sueltos.

Y, Susan, culpable de todo, tendrá que arreglarlo.

Aunque arreglar y Susan son dos términos que no acaban de encajar del todo.

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